miércoles, abril 29, 2009

Marcelo Scalona

Nació en 1962 y vive en Rosario, Santa Fe, Argentina. Ha publicado en 1995, con prólogo y recomendación de la escritora Angélica Gorodischer su primera novela, EL CAMINO DEL OTOÑO, por Editorial Corregidor. En 1998, Edit. Corregidor editó la selección de cuentos, EL ALTILLO DE MIS OFICIOS. Fue colaborador habitual del diario ROSARIO/12, (Página 12 Rosario) entre 1999-2004.- En 2003 Editorial Homo Sapiens publicó una recopilación de esas crónicas bajo el título COMPOSTURA DE MUÑECAS, con prólogo del poeta Rafael Bielsa. Coordina desde el año 2000 sus propios talleres literarios en Rosario, con alrededor de 400 asistentes hasta la fecha. Actualmente dirige la colección de narrativa ADÁN SIN COSTILLA, de editorial ROSS de Rosario donde ha publicado su último libro, la novela ENRARECIDO (2008).- Algunos de sus textos han sido llevados al teatro (“Vittorino Pacheco”, “La Mujer del Cuadro”) y la novela “El Camino del Otoño” es usado como libro de texto en las Áreas de Lengua y Literatura del Polimodal en Escuelas Medias de la Provincia de Buenos Aires. Es colaborador free lance del diario La Capital de Rosario, la revista Treball y sus textos figuran en la antología ROSARIO ILUSTRADA de la Secretaría de Cultura de Rosario. Se puede consultar su trabajo en www.scalonamarcelo.com.ar y www.nuestrotaller.com.ar


B e n g a l a s

A veces no estoy seguro de qué es lo que me apena.
Una sensación de que ya estuve
aquí o muy cerca
y de que he sufrido en este lugar
hace tiempo
y de que ahora estoy otra vez
en el sitio
aspirando el mismo aire de entonces.

Unos días aciagos
que sólo puedo iluminarme con bengalas.
Me tiro a mí mismo unos cohetes pequeños
entre las piernas, fuegos artificiales
para darme ánimo.

Una estrellita,
rompeportón, buscapié
y me paso el rato con ese pequeño milagro
de asombro y expectación.

Sube a la noche oscura
el dibujo de una libélula.
Lí - bé - lú - lá...
Liz - ve - luz - allá
decía mi abuelo
que trajo el diseño de Nápoles.
Descalzos en la arena
llenábamos las olas
y la espuma
de peces dibujados
con volutas ambarinas
en el aire de la noche.

Al final miraba sin ver
y repetía
emocionado y feliz
¡ peces voladores,
peces voladores…!

Antes que la llama
se fundiera en la espuma
aprendí a reconocer
el contorno irisado y fugaz
del milagro
de vivir.